miércoles, abril 27, 2005

Cinco años

I

No puedo concentrarme en nada desde ayer y no tengo idea por qué decidí aceptar ayudarlo. Ahora que lo pienso, sólo quiero arrancar de este departamento, salir por ahí y perderme; hablar con J, decirle que es posible que lo de nosotros no funcione, que quizás tenga que irme algún tiempo, que debo hacer algo, que no me haga preguntas, que me espere. Vago por el departamento casi arrastrando los pies, sentándome de vez en cuando y comprobando en el espejo del baño que estas horas sin dormir ya me están haciendo daño, que las palabras que salieron de su boca ayer no me van a dejar más tranquila. Sé que puedo negarme, inventar alguna mentira para no acompañarlo, pero mi cabeza sólo da vueltas con la imagen de él hace cinco años, con la escena en que los diálogos se topan, se hieren y concluyen fríos.
La alarma del reloj me avisa otra hora, miro por la ventana y compruebo que está nublado. No puedo decirle que no. No esta vez.
C.

II

Miro fijamente el teléfono, hace más de una hora que no le quito las pupilas de encima y nada, D sigue ausente. ¿Me llamará o simplemente tocará el timbre para contarme que ya tiene otra pista por donde comenzar a buscar a Hector?. Ojalá sea lo segundo e intente sacarme de esta asfixia que siento. Se viene a mi memoria aquel día de Agosto, hace cinco años atrás más o menos, cuando yo estaba enamorado de ella y le pedí que fuéramos novios. D calló y me dijo que mejor me fuera a casa y que más tarde me llamaría. Nunca llamó. Estuve horas frente al teléfono, como ahora, pero fue en vano, la respuesta que quería jamás cayó en mi oído.

La tarde está tapada de nubes negras, hace frío y mi lengua sigue seca tal como hace una hora atrás.

Suena el timbre, bajo las escalas torpemente, abro la puerta y la veo erguida frente a mi. D me extiende la mano y me dice que ya sabe donde encontrar a Hector, que esta vez confíe en ella, que no me dejará solo otra vez. Sonrío levemente mientras mis pulmones liberan la tensión. Tiemblo y siento que la vuelvo a amar otra vez.
K.

martes, abril 26, 2005

Dos días

I

Cuando lo dijo, no quise escucharlo; me imaginé una broma de mal gusto, algo que terminaría apenas yo me riera y saliéramos de ahí. Pero nadie siquiera sonrió cuando me llevó a la habitación, cerró la puerta con llave y lanzó esas intrigantes palabras en mi oído. Quería que lo encontrara, siguiera su rastro, lo volviera a la vida. Quise empujarlo, recuperar la llave y salir corriendo, no porque no deseara saber quién era realmente Hector Mann, sino porque sabía que eso se terminaría convirtiendo en una obsesión, mi obsesión. Le respondí que lo pensaría, que necesitaba tiempo para ordenarme, para saber qué dejaba atrás si lo hacía. Abrió al fin la puerta, dio tres pasos y se devolvió hacia mí. Se fijó en mis botas mientras su mirada subía hasta clavarse en mi cara; nuevamente se acercó y dijo con su voz decidida y firme que debía cuidarme, que otros han intentado encontrar a Hector Mann pero han terminado desapareciendo. Si quería hacer este trabajo bien, debíamos hacerlo juntos. Mientras se alejaba hasta puerta de salida sus palabras sólo me advertían que nos quedaba sólo un par de días para dejar todo y partir.
C.

II

Desde que llegó ese e-mail mi vida cambió radicalmente. El mensaje era breve y trataba en síntesis que este año Hector Mann cumplía finalmente sus 77 años de ausencia y condena y que yo era el elegido, el único que podía rescatarlo de verdad y devolverlo a la vida, que ni personajes de novelas nuevas, ni escritores famosos podían sacarlo del agujero que lo dejó esa extraña pócima que bebió en el caluroso set California Picture en su última película del año 1928.
Pude haber dejado pasar ese mensaje de auxilio como un spam más o una broma ridícula, pero no puedo, algo me dice que esto es trascendental para seguir viviendo. No sabía por donde partir, como iniciar una ciega búsqueda, así que contraté a los mejores investigadores privados. Fue inútil, después de algunos meses ellos también has desaparecido. Sus oficinas están vacías, sus celulares apagados y el tiempo se agota. Estaba tan solo que lo único que me quedaba era recurrir a una antigua amiga periodista. Me dio la impresión que ella tenía el criterio, la habilidad y temple necesario para tener éxito en esta misión desesperada. Faltan dos días para que se cumpla el plazo que Héctor me fijó en el mensaje y siento que si no consigo hallar y rescatar a este anónimo actor moriré con él o tal vez desapareceré durante siete décadas también. Tengo una infinita angustia y cometo el constante error de transmitírselo a mi noble y leal amiga, a tal punto que hace pocos minutos interrumpí una reunión con amigos, la tomé del brazo, la encerré en una de las habitaciones y la presioné ingratamente para que intentara por todos los medio encontrar de una buena vez a Héctor. El tiempo expira y ella es lo único que me queda. La única que nos puede salvar a ambos.
K.

Nuestro primer árbol


He traído un árbol del aquel planeta azul que llaman Tierra. Voy hacer un agujero con la fuerza de mis manos y dejaré el espacio perfecto para que sus enormes raíces entren y crezcan tanto que con el tiempo puedan atravesar todo nuestro diminuto planeta. El nombre del árbol lo desconozco, solo sé que entrega unos frutos rojos del porte de un corazón y que tienen sabor dulce y suave. Lo colocaré justo sobre nuestra mesa para que nos regale sombra mientras conversemos largamente en silencio, como es nuestra costumbre.
K.

El principio de todo

Las cosas estaban mal cuando Hector Mann apareció en nuestra vida. No teníamos idea quién era, nunca habíamos encontrado con una alusión a su nombre, pero una noche, poco antes que empezar el invierno, cuando los árboles se habían quedado finalmente desnudos, vimos un fragmento de sus películas antiguas, y nos hizo reír. Eso quizás no parezca importante, pero era la primera vez que nos reíamos desde hace mucho tiempo, y cuando notamos que aquel inesperado espasmo nos subía por el pecho, comprendimos que aún no habíamos tocado fondo. De principio a fin la risa no pudo haber durado más de dos segundos; no fue especialmente estentórea ni sostenida, pero nos pilló de sorpresa.

Durante aquellos momentos, nos vimos obligados a concluir que dentro de nosotros había algo que anteriormente no imaginamos, algo distinto de la pura y simple muerte. No eran intuiciones vagas o una patética nostalgia de lo que habría podido ser. Realizamos un descubrimiento empírico que llevaba consigo todo el peso de una prueba matemática. Si conservabámos la capacidad de reír, es que no estábamos completamente insensibilizados. Significaba que el muro que habíamos puesto entre el mundo y nosotros no era lo bastante grueso como para impedir que algo se filtrase.
C.