La prueba
Mientras íbamos por la carretera en dirección al pueblo, era imperativo que mis gestos no demostraran nada, que la canción que sonaba en mi cabeza ocultara mi duda sobre él. En el fondo yo sabía que la dirección a la que íbamos era una pista falsa y que S también estaba en conocimiento de eso, pero necesitaba corroborarlo. Ansiaba saber su reacción después de que el sobre amarillo que asomaba de su chaqueta la noche en que nos reencontramos, volviera a sus propias manos.
Justo cuando mi espalda aprisionaba el respaldo de la silla y las nubes a través de la ventana oscurecieran todo dentro de mi departamento, sentí un pequeño ruido casi imperceptible en medio del silencio. Hace dos noches que S volvió a aparecer en mi vida después de cinco años. Exactamente dos noches que una particular escena volvió a mi memoria más nítida que nunca: sus brazos tomando los míos y la historia de su búsqueda resonando en mis oídos. Esa escena en que casi con fuerza me obliga a ayudarlo, sus brazos se alzan nerviosos y mis ojos se fijan en un sobre amarillo asomándose del bolsillo interior de su chaqueta. El mismo sobre amarillo que vi deslizar hace un par de horas debajo de mi puerta, justo veinte segundos antes que S saliera de mi edificio y mirara hacia mi ventana nervioso y casi ocultándose. Exactamente el mismo sobre que contenía la dirección de un pueblo en las afueras de la ciudad y que guardé en mi abrigo mientras cerraba todo y salía rápido hacia su casa.
Una ráfaga de recelo me inundó entera, pero no era una señal para desistir, sino todo lo contrario. Era un indicio para seguir adelante y aceptar el desafío, la confrontación. El personaje inmutable se apoderaba de mí incapaz de entender por qué S jugaba conmigo de esa forma, pero decidí ser cómplice en esta mentira y llevarla hasta el final, o al menos hasta saber toda la verdad.
Tarareo una canción de Rice que me encanta, trato de controlar mis nervios y mi perplejidad ante la alegría de S al verme aparecer en su casa con ese sobre y la dirección de Mann. Acelero de vez en cuando porque siento que esta agonía se vuelve más larga de lo que presupuesté. Cuando el camino se vuelve de tierra, miro a S un par de segundos y algo en mí se llena de tristeza y soledad, como si intuyera que estamos en una fase del juego donde él me estaba probando a mí. Estoy furiosa, pero no lo quiero demostrar. Sólo mis manos tomando su rostro y besando casi con rabia sus labios es mi señal. Espero que él la entienda, que termine la farsa de una vez por todas y decida confiar en mí. Arranco el auto después de casi empujarlo hacia fuera y verlo atónito frente a mi huida. Sólo se marca su figura en la entrada de la casa, a cuatro pasos de tocar la puerta y preguntar por Mann. Sus jeans gastados se ocultan en la nube de tierra que dejo atrás cuando decido acelerar y dejarlo solo.
C.


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