El principio de todo
Las cosas estaban mal cuando Hector Mann apareció en nuestra vida. No teníamos idea quién era, nunca habíamos encontrado con una alusión a su nombre, pero una noche, poco antes que empezar el invierno, cuando los árboles se habían quedado finalmente desnudos, vimos un fragmento de sus películas antiguas, y nos hizo reír. Eso quizás no parezca importante, pero era la primera vez que nos reíamos desde hace mucho tiempo, y cuando notamos que aquel inesperado espasmo nos subía por el pecho, comprendimos que aún no habíamos tocado fondo. De principio a fin la risa no pudo haber durado más de dos segundos; no fue especialmente estentórea ni sostenida, pero nos pilló de sorpresa.
Durante aquellos momentos, nos vimos obligados a concluir que dentro de nosotros había algo que anteriormente no imaginamos, algo distinto de la pura y simple muerte. No eran intuiciones vagas o una patética nostalgia de lo que habría podido ser. Realizamos un descubrimiento empírico que llevaba consigo todo el peso de una prueba matemática. Si conservabámos la capacidad de reír, es que no estábamos completamente insensibilizados. Significaba que el muro que habíamos puesto entre el mundo y nosotros no era lo bastante grueso como para impedir que algo se filtrase.
C.


0 Comments:
Publicar un comentario
<< Home