domingo, mayo 08, 2005

Vueltas

D giró bruscamente el volante a la derecha después de ver de improviso un gigantesco cartel metálico que dice Carretera Sur 141, precisamente la única que empalma con la 22 que nos llevará directo a San Vicente, un pequeño pueblo que está a las afueras de San Diego. La miro y le pregunto que si está segura que Hector esta allí, ella calla, no habla, sólo se muerde los labios, golpea suavemente con sus dedos la palanca de cambio, siguiendo espontáneamente el ritmo de un alternativo cantante irlandés de apellido Rice. El motor ruge, nos comemos el asfalto, son las siete de la tarde y el sol comienza a caer como una naranja madura sobre el horizonte. Esa es la hora preferida de ella, parece transformarse, transfigurarse cuando el crepúsculo impone su corto reinado sobre el cielo, la llena de energías, la hace crecer en agallas.

Me fumo el tercer Kent desde que me subí a su descapotado negro. Desconozco si de verdad tiene la punta de la hebra, la certeza de dónde va; está hermética y me comienza a poner nervioso su autismo.

Damos tantas vueltas como rata en laberinto. Frena fuerte frente a una casa de color azul, me toma la cara con sus manos y me besa los labios con rabia y me dice luego que baje del auto, que corra hasta aquella puerta y pregunte por Hector Mann, que exija que me dejen verlo, que diga mi nombre y que le entregue el sobre amarillo que guarda ahora con cuidado en el bolsillo de mi camisa.

Le digo que no entiendo, que siento que está jugando otra vez conmigo. D me empuja hacia abajo, cierra la puerta desde adentro y acelera, se pierde entre el ruido y el humo que dejan sus ruedas. Yo quedo ahí, en el limbo, entre la incertidumbre y la salvación. Parado, con los brazos colgando inertes a mis costados, como si fuera un títere de carne dependiendo de un Dios en siesta. Clavado como una estaca en la vereda, frente a esta casa azul y un baño de perplejidad pintado en mis ojos.
K.