martes, abril 26, 2005

Dos días

I

Cuando lo dijo, no quise escucharlo; me imaginé una broma de mal gusto, algo que terminaría apenas yo me riera y saliéramos de ahí. Pero nadie siquiera sonrió cuando me llevó a la habitación, cerró la puerta con llave y lanzó esas intrigantes palabras en mi oído. Quería que lo encontrara, siguiera su rastro, lo volviera a la vida. Quise empujarlo, recuperar la llave y salir corriendo, no porque no deseara saber quién era realmente Hector Mann, sino porque sabía que eso se terminaría convirtiendo en una obsesión, mi obsesión. Le respondí que lo pensaría, que necesitaba tiempo para ordenarme, para saber qué dejaba atrás si lo hacía. Abrió al fin la puerta, dio tres pasos y se devolvió hacia mí. Se fijó en mis botas mientras su mirada subía hasta clavarse en mi cara; nuevamente se acercó y dijo con su voz decidida y firme que debía cuidarme, que otros han intentado encontrar a Hector Mann pero han terminado desapareciendo. Si quería hacer este trabajo bien, debíamos hacerlo juntos. Mientras se alejaba hasta puerta de salida sus palabras sólo me advertían que nos quedaba sólo un par de días para dejar todo y partir.
C.

II

Desde que llegó ese e-mail mi vida cambió radicalmente. El mensaje era breve y trataba en síntesis que este año Hector Mann cumplía finalmente sus 77 años de ausencia y condena y que yo era el elegido, el único que podía rescatarlo de verdad y devolverlo a la vida, que ni personajes de novelas nuevas, ni escritores famosos podían sacarlo del agujero que lo dejó esa extraña pócima que bebió en el caluroso set California Picture en su última película del año 1928.
Pude haber dejado pasar ese mensaje de auxilio como un spam más o una broma ridícula, pero no puedo, algo me dice que esto es trascendental para seguir viviendo. No sabía por donde partir, como iniciar una ciega búsqueda, así que contraté a los mejores investigadores privados. Fue inútil, después de algunos meses ellos también has desaparecido. Sus oficinas están vacías, sus celulares apagados y el tiempo se agota. Estaba tan solo que lo único que me quedaba era recurrir a una antigua amiga periodista. Me dio la impresión que ella tenía el criterio, la habilidad y temple necesario para tener éxito en esta misión desesperada. Faltan dos días para que se cumpla el plazo que Héctor me fijó en el mensaje y siento que si no consigo hallar y rescatar a este anónimo actor moriré con él o tal vez desapareceré durante siete décadas también. Tengo una infinita angustia y cometo el constante error de transmitírselo a mi noble y leal amiga, a tal punto que hace pocos minutos interrumpí una reunión con amigos, la tomé del brazo, la encerré en una de las habitaciones y la presioné ingratamente para que intentara por todos los medio encontrar de una buena vez a Héctor. El tiempo expira y ella es lo único que me queda. La única que nos puede salvar a ambos.
K.